¿Existen golpes de Estado “democráticos”?

Paradoja egipcia

¡No es un golpe!, ¡No es un golpe!”

(Manifestantes del movimiento ‘Tamarod’, Plaza Tahrir, 7 de julio, 2013)

 “Esto no es un Coup d’État”

(Mohamed El-Baradei, Premio Nobel de la Paz. 8 de julio, 2013)

 “La campaña de ‘Tamarod’ para la dimisión de Morsi ha sido magnífica”

(Filósofo y economista Samir Amín, 9 de julio, 2013)

 (*) Tamarod: en árabe, “rebélate”.

 “Golpe de Estado democrático” parece un oximorón. El sentido común y la tradición política occidental nos dice que un pronunciamiento manu militari es la antítesis de un proceso democrático. Ni hablar de una dinámica revolucionaria. La destitución de Morsi (a los 369 días de asumir) ha sido descripto por sus seguidores como un Coup d’État militar clásico, es decir: la infiltración de un pequeño, pero crítico para el sistema, segmento del aparato del estado (militares profesionales o paramilitares) que es usado para desplazar al gobierno del control político que poseía hasta entonces. El singular golpe militar de masa egipcio, en realidad habría que sumar el que se efectuó contra Mubarak, señal de salida para la entera “Primavera árabe”, parece haber roto el molde clásico de los Coup d’État típicos en África, América del Sur y Asia, los reaccionarios “cuartelazos”.1

El golpe de Estado “democrático” contra Mubarak ha sido en el mundo árabe el modelo de éxito a seguir en Libia, Siria, Yemen y otros movimientos de revuelta popular. Ni hablar que ya existían fuertes antecedentes históricos “izquierdistas” en el mundo árabe: el golpe de Estado en Irak (1958), en Yemen (1962) o en Siria (1966). Generalmente, los putschs consistían, como muchos lo hemos vivido y sufrido en carne propia, en un rápido raid militar (con nula o poca presencia civil y menos de masas autónomas en las calles) para evitar la “anarquía democrática”, el “caos republicano” o la peligrosa tendencia para las élites tradicionales de una deriva demasiado democrática del gobierno electo en las urnas. Su sesgo ideológico era naturalmente de derecha o de extrema derecha. Su objetivo inconfesado: permanecer indefinidamente en el Poder.

Más allá de especulaciones anacrónicas sobre el “Catilinismo” moderno o la técnica maquiavélica für ewig, independiente de todo momento y lugar, se debe considerar como el primer golpe de Estado militar moderno y bourgeois al de Bonaparte, hablamos del famoso y mítico 18 Brumario, ejecutado con torpeza y poca preparación el 9 de noviembre de 1799. Es importante porque el mecanismo napoleónico, el sistema autoinmune inventado bajo el Bonapartismo, será la piedra de toque de las salvaguardas que la burguesía deposite en el estamento militar como el guardián nocturno de la (su) Constitución. Y será nuestro modelo negativo de la significación, en todo tiempo y lugar, de un Coup d’État. La lógica de la aplicación de la Loi martiale (suspensión sine die de la Constitución vigente) a los asuntos políticos internos, que pasó de una situación fáctica de naturaleza técnico-militar a otra sociopolítica de conflicto de clases, fue una evolución moderna que se pudo constatar en la propia Gran Revolución francesa, que utilizó y perfeccionó, para fines propios Napoleón (y la burguesía francesa más inteligente). La Constitución napoleónica de 1799 introdujo una nueva medida: la suspensión de la Constitución para todos los lugares y durante todo el tiempo que la seguridad del Estado (sûreté de l’État) esté amenazada por sublevaciones violentas, armadas y en especial por tumultos, aunque Napoleón no utilizó el estado de sitio como medio de lucha política (porque no lo necesitó). Pero lo que sí hizo fue “ampliar” el contenido del estado de sitio en 1811, poniendo los cimientos para su utilizabilidad política por la burguesía. Es mencionado específicamente en la Constitución francesa de 1815, en el cual se reserva el derecho de declarar el estado de sitio o convocar a las fuerzas armadas en caso de troubles civils, motines internos. Ya aquí domina por completo la representación que el interés general de la Nación justifica toda ingerencia en los derechos de libertad ciudadanas, incluso en los básicos, sin suspensión de los preceptos correspondientes a la Constitución. Por primera vez, el comandante militar se convierte en superior de todas las autoridades civiles (elegidas o no) que ejerzan una actividad relacionada con el mantenimiento del orden público. Se admite y reconoce en el estamento militar un derecho propio, trascendental, no derivado ni de alguna cesión de facultades civiles, ni de algún procedimiento democrático directo o indirecto. El líder de las fuerza armada se trastoca en un Chef comisarial al cual se le transmite el Poder Ejecutivo como un mero medio técnico administrativo. El Coup d’État como suspensión indefinida de lo constitucional exigía una situación aconstitucional, que en el contexto del siglo XIX implicaba siempre la ecuación de una clase obrera naciente y combativa.

Al clásico de Napoleón le siguieron una sucesión, a veces grotesca, de pronunciamientos y putschs palaciegos, con una norma general unívoca: la inmensa mayoría eran conservadores, reaccionarios o de inspiración fascista (citar aquí el de Kornilov contra la revolución democrática rusa de febrero de 1917, el Kapp-Lüttwitz Putsch de 1920 o el fallido golpe cívico-militar de Hitler en 1923, ambos contra la joven República de Weimar, los sucesivos pronunciamientos que desembocaron en el putsch militar del 18 de julio de 1936 contra la IIº República). Pero: ¿el Coup d’État se repele y es la antítesis de un movimiento democrático auténtico y de base siempre y en todo lugar? ¿es el realmente el reverso de cualquier proceso subversivo? ¿toda asonada militar es automáticamente el suicidio de una precoz revolución? Un mantra que se repite una y otra vez tanto en políticos profesionales como en académicos y periodistas. Y no exclusivamente en la literatura política y sociológica se sostiene esta tesis. La misma legislación internacional oficial de los EEUU hoy en día y de la Unión Europea (desde 1991) se sustentan sobre esa idea decimonónica, prohibiendo cualquier ayuda financiera o económica a gobiernos que hayan sido reemplazados mediante Coup d’État militares.

Si el concepto parece un poco ridículo o inadecuado desde una perspectiva democrática, intolerable, algo de esto se ha planteado en un reciente y profundo debate en Rebelión entre Santiago Alba Rico y Brais Fernández, también en el unívoco artículo del filósofo y gran economista egipcio Samin Amin, pensemos un poco que en muchos lugares de Occidente, tanto en el ámbito oficial burgués como en organizaciones revolucionarias, se festeja precisamente eso: un golpe de Estado militar contra un régimen autocrático o totalitario. Pero si las insurrecciones violentas emprendidas desde la sociedad civil por una amplia mayoría nos parecen legítimas, como la de Octubre de 1917 (el Comité Militar Revolucionario compuesto por bolcheviques, socialrevolucionarios y anarquistas): ¿porqué no habría de serlo un Coup d’État militar que derriba un régimen oprobioso para re-establecer los derechos de los ciudadanos? ¿un golpe de Estado anti-teocrático puede denominarse legítimamente como democrático? ¿se puede afirmar esquemáticamente que el objetivo genérico de todo Coup d’État militar es enfrentarse frontalmente a toda revolución, y si se falla en este objetivo, romperla, contenerla, frenarla, impedirla ir hasta el fin de lo que lleva en sí misma? Tenemos antecedentes en el mundo latino que rompen este rígido esquematismo negativo: en Argentina el fallido golpe militar de 1956 contra la dictadura reaccionaria que había derrocado violentamente un año antes al gobierno constitucional de Perón (encabezado por el general Valle); en Portugal (donde existían ya antecedentes de Coup d’État democráticos en los 1920’s y 1930’s) la conocida “Revolução dos Cravos” de 1974; en Venezuela el fallido golpe militar encabezado por Hugo Chávez en 1992 bajo el influjo del levantamiento popular del “Caracazo”… Preguntémonos haciendo una ucronía: ¿cómo habríamos calificado un Coup d’État de la Reichswher de la República de Weimar contra Hitler, a pesar de ser electo en las urnas democráticamente en diciembre de 1932, cuando en marzo de 1933 comenzó su deriva hacia el Totalitarismo y el SS-Staat?

Los últimos golpes militares egipcios, de 2011 y 2013, parecen haber quebrado el estereotipo negativo. O indicar, como veremos, una tendencia nueva. Algo de esto se presiente en el clamor periodístico (desesperado) del neoconservador Wall Street Journal, que reclama en un editorial precisamente un “Pinochet” para Egipto (y no estos militares que pretenden devolver el Poder a las urnas rápidamente). Es decir: hace falta “corregir” hacia la derecha la desviación de los golpes de estado militares hacia la matriz reaccionaria del siglo XIX. Pero es importante remarcar que si es un golpe democrático no los es porque “todo Egipto lo quiere”, una falacia populista sin sustento, sino por determinados y objetivos elementos que los diferencian de todos los anteriores. No hablaremos aquí de la evidente deriva autoritaria del gobierno de Morsi: reformas constitucionales teocráticas, política económica neoliberal extrema, decretos restrictivos sin consenso, limitaciones inauditas para los sindicatos (imposibilitando de jure organizaciones sindicales independientes, como el decreto-ley 97/2012), bloqueo y criminalización al trabajo de las organizaciones no-gubernamentales, infiltración islamista (incluso con asesinos, verdugos y torturadores) en el aparato del estado, la violencia sectaria contra las religiones minoritarias desde el propio estado o la amenazadora censura a la esfera de la opinión pública. Parece haberse cortado un fraude electoral y abortado la escalada hacia una Teocracia autoritaria copiada de Irán, centrada en un Poder detrás del Poder en los arcanos del estado egipcio: los Murshid’s. Morsi específicamente ha sido derrocado por su pésima performance democrática, por su desbocado autoritarismo y su pérdida dramática de autoridad.2

Según puede deducirse de la información estadística objetiva, el carácter reaccionario de los Coup d’État, tal como quedó plasmado en la Ideología burguesa del 1900, se ha estado modificando significativamente, enfrentándose a esa misma Ideología que le codificó como una herramienta sublime de la contrarrevolución. Después de 1991, paradójicamente después del derrumbe de la URSS y las democracias populares stalinistas, la amplia mayoría de los Coup d’État, que son cada vez menos cuantitativamente, han desembocado en elecciones más o menos competitivas y democráticas, marcando un cambio dramático con respecto a la Guerra Fría.3 Ya no hay el discurso legitimatorio del anticomunismo, ni ninguna amenaza judeo-bolchevique para disfrazar los “cuartelazos”. También ha tenido un efecto no deseado positivo sobre los contenidos y fines de los golpes militares la misma Globalización capitalista y la expansión de las ideas liberales, necesarias para la reproducción ampliada del capital y el funcionamiento del intercambio mercantil. Entre 1945 y 1990 se practicaron 218 golpes de estado, de los cuales tan solo 59 desembocaron en un período máximo de cinco años en elecciones libres o semi-libres (un escaso 27%); entre 1991 y 2006 se practicaron 43 Coups d’Etat, de los cuales 31 concluyeron en elecciones competitivas (un sorprendente 72%). O sea: el Coup d’État democrático de ser una excepción, no la norma, ha pasado a ser la norma. El modelo turco de Coup d’État democrático (el de 1960) parece ahora ser el modelo para las sociedad árabes divididas en clases sociales y segmentadas en minorías y sectas religiosas, tensión constitucional que el ejército egipcio mantuvo los 369 días con Morsi. Pero como hemos visto, no es una anomalía exclusivamente válida para el mundo árabe, en Bangladesh pudimos ver algo muy similar en enero de 2007.

Podemos esbozar un catálogo de lo que podríamos considerar un Coup d’État democrático en ocho elementos: 1) el Coup d’État está organizado contra un régimen autocrático, autoritario, semidictatorial o totalitario en progreso (sea cual fuere su origen y legalidad); 2) los militares responden a una oposición popular autónoma, persistente, contra tal régimen; 3) existe una escalada de violencia y represión del régimen autoritario o totalitario en respuesta a la demandas de la sociedad civil; 4) el Putsch es organizado por un cuerpo armado respetado e insertado profundamente en la misma nación por medio de, por ejemplo, la conscripción obligatoria o actividades de modernización económica; 5) los militares efectúan el Coup d’État para superar e invertir, incluso volver a las condiciones originarias, la dinámica del régimen autoritario o totalitario; 6) los militares ponen fecha de caducidad a su Cesarismo, manteniendo las libertades básicas y facilitando la convocatoria a elecciones libres y competitivas en un período corto de tiempo; 7) el Coup d’État concluye y se extingue en cuanto se transfiere la soberanía y el poder a los nuevos líderes elegidos democráticamente; 8) los militares no modifican en provecho propia ni el mecanismo electoral, ni se presentan como partido con su propio candidato ni establecen ninguna nueva prerrogativa constitucional en el nuevo régimen democrático, no hay “guardián nocturno” de la Constitución.

Los golpes de Estado militares parecen haber entrado en una nueva etapa, después de la Napoleónica, la Burguesa clásica, la Fascista-Nacionalsocialista y la Postcolonial. Nuestra vieja y rancia concepción de los Coup d’État debería cambiar, entender su nueva naturaleza, a fuerza de golpes de las misma Historia y de la propia dinámica de las luchas de clases. Porque como decía Mirabeau, cuando uno se compromete a hacer una Revolución, el problema no es que se detenga, sino como mantener el proceso bajo control. ¿Debemos entonces afirmar, como dice Samir Amín, que con el Coup d’État contra Morsi (y los Hermanos Musulmanes) en última instancia ha ganado el pueblo egipcio?

Notas:

1 Véase: Powell, Jonathan M./ Thyne , Clayton L.; “Global instances of Coups from 1950 to 2010: A new dataset” ; en: Journal of Peace Research, 48(2), pp. 249–259, y: Marshall, Monty G./ Ramsey Marshall, Donna: Coup d’État events, 1946-2011. Codebook .; Center for Systemic Peace, February 5, 2012.

2 Con apoyos internacionales significativos: EEUU, Israel (Morsi planeaba una zona de Free-Trade en el Sinaí a pedido de Tel-Aviv que arruinaría la endeble industria nacional), Quatar y las reaccionarias monarquías absolutistas del Golfo Pérsico; Morsi además aceptó negociaciones draconianas con el FMI sin consulta parlamentaria.

3 Véase el trabajo de “Coups and Democracy” de Nikolay Marinov & Hein Goemans, 6/07/13, Forthcoming BJPolS.


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