Kurdistán: ¿mirando hacia Euskal Herria?

Siamak Khatami Politólogo y profesor universitario

Queda un largo camino para que se llegue de las palabras a los hechos. Pero, de momento, por lo menos tenemos el hecho esperanzador de que cada día hay más gente que reconoce que se puede continuar sometiendo a toda una nación de más de treinta millones de habitantes

A todos nos vino como una muy buena noticia cuando, el 21 de marzo, justo con la llegada de la primavera, Abdullah Oçalán, líder del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK: Partie Kargare Kurdistán en la lengua kurda), declaró oficialmente un alto el fuego y pidió que se abra un proceso de paz para la que es la nación sin estado más grande de todo el Oriente Medio. ¿Significa eso que estamos viendo el comienzo de un proceso de paz parecido al que estamos viviendo en el caso de Euskal Herria?

El pueblo kurdo ha vivido una decepción después de otra en su historia. Hasta el final de la Primera Guerra Mundial, su territorio lo repartían el Imperio Otomano e Irán. También hay minorías kurdas en la región del Cáucaso. Kurdistán es riquísimo en recursos petrolíferos y de gas natural, además de ser un país muy fértil -convirtiéndolo en un «premio muy apetecible» para potencias imperialistas-. Durante los años 1920, con los imperios británico y francés repartiendo entre ellos el Imperio Otomano y concediendo independencia solo a Turquía -el estado sucesor de aquel imperio-, la parte de Kurdistán que controlaban los otomanos se llegó a dividir entre tres potencias: Turquía, el imperio británico (que controlaba lo que llegó a ser Irak) y Francia (que dominaba lo que llegó a ser Siria).
Lo que ahora conocemos como el Estado de Irak simplemente no existía hasta que los británicos decidieron juntar tres antiguas provincias otomanas bajo su control: Mosul, Bagdad, y Basora, de cuya unión se creó Irak. Fueron también los británicos quienes decidieron separar Kuwait de la antigua provincia otomana de Basora, porque juntos los recursos petrolíferos de toda Irak y Kuwait habrían convertido al nuevo estado en una potencia demasiado fuerte para que lo pudiesen controlar los británicos. En el caso del territorio kurdo en el norte del Irak actual -esto es, la antigua provincia de Mosul- los británicos dudaron durante bastante tiempo qué hacer, si conceder la independencia a los kurdos o si incluir aquella provincia como parte del nuevo estado iraquí. Al final, se decidieron por esta segunda opción, porque el pueblo kurdo, si se independizaba, no iba a someterse a los dictados del imperio británico, que buscaba estados independientes solo de nombre, estados cuyos destinos los británicos podían determinar «detrás de las escenas».

Es, quizá, curioso que los kurdos de la provincia de Mosul nunca pudieron disfrutar de ningún grado de autonomía, ni mucho menos de autodeterminación, hasta que EEUU ocupó Irak en 2003. Durante la dictadura de Sadam Hussein, incluso hubo genocidio contra los kurdos -el régimen iraquí no dudó de usar armas químicas contra los kurdos-. Pero cuando EEUU ocupó Irak, el propósito de su Gobierno tampoco era conceder ningún grado de autonomía a los kurdos -más bien, el Gobierno norteamericano intentaba mantener, si no aumentar, su propia influencia en Irak-. La autonomía de los kurdos en el estado de Irak vino casi como un proceso involuntario por parte de los estadounidenses -por ganar la amistad de los kurdos y prevenir que los árabes, que constituyen la absoluta mayoría en Irak (aunque divididos entre las ramas suní y chií del Islam), continuaran sometiéndolos a su dictado-.

En Turquía, el Estado ni siquiera reconocía la existencia del pueblo kurdo, que los turcos llamaban como «turcos de montaña». Fue solo el actual primer ministro, Erdogán, quien, por fin, los reconoció oficialmente e intentó también reconocerles algún grado de autonomía -aunque Erdogán tam- poco podía avanzar mucho en este último intento, porque se enfrentaba a la oposición férrea de los partidos conservadores, que tenían el apoyo de los militares (incluso se ha enfrentado a amenazas poco disimuladas de un golpe de estado, por su política islamista, pero también por intentar reconocer la autonomía de los kurdos)-.

Irán y Siria han reconocido, al menos, la existencia del pueblo kurdo. Sin embargo, la única autonomía que les han reconocido a los kurdos ha sido en el terreno del folklore (bailes, etc.). Nunca jamás han permitido que los kurdos desarrollasen un régimen autonómico en su territorio, ni mucho menos reconocido su derecho a decidir. Por ejemplo, en Irán (tanto bajo el régimen de los Shah, como en el régimen teocrático actual), cual- quier llamada por parte de los kurdos al reconocimiento de sus derechos políticos y económicos como pueblo podían ser, y eran, castigados por las leyes criminales del país.

Mientras tanto, Irán e Irak, a través de todo el siglo XX y los primeros años del siglo XXI, han intentado sembrar la división entre los partidos políticos que representan a distintos grupos de kurdos. Incluso hoy en día, el régimen iraní tiene relaciones amistosas con la familia Talabaní, que controla uno de esos partidos, mientras que la familia Barzaní, que domina otro partido kurdo, tiene mejores relaciones con el gobierno de Irak y también con los EEUU.

Todas las potencias mencionadas, intentan sembrar la división entre los kurdos y, de esa forma, debilitarlos y prevenir que un pueblo kurdo unido pueda presionar por el reconocimiento de su derecho a decidir.

El PKK es el único partido kurdo que se ha mantenido independiente de todas las potencias extranjeras. Además, es el partido kurdo más importante, y es marxista además de independentista. Es lo más parecido que hay en Kurdistán a la izquierda abertzale de Euskal Herria.

En Euskal Herria, ya han pasado varios años desde que empezara el proceso de paz más reciente (aunque el Gobierno de Rodríguez Zapatero indicara el 2006 como el comienzo «oficial» del proceso, sabemos por la organización ETA que ya había habido contactos con el PSOE incluso en años anteriores a 2006). En el caso de Kurdistán, las autoridades turcas encarcelaron a Oçalán en febrero de 1999 y, desde entonces, tengo entendido que Oçalán ha intentado varias veces abrir un proceso de paz. No entiendo por qué las autoridades turcas han esperado tantos años -aunque quizá haya que apuntar al deseo del régimen turco de derrotar al PKK en vez de abrir un proceso de paz con los kurdos: no podemos olvidarnos del hecho de que Turquía incluso ha atacado, con sus fuerzas militares, a la zona de Kurdistán que cae bajo el control del régimen iraquí con el propósito de derrotar, por vía militar, no solo al PKK, sino a todo independentismo kurdo-. Ahora, el primer ministro turco, Erdogán, ha valorado positivamente el llamamiento de Oçalán a dejar que se abra una vía de negociación para que el conflicto kurdo se solucione por vías democráticas y pacíficas. Sin embargo, Oçalán sigue encarcelado.

También hemos visto que en Euskal Herria lo que han hecho Rafa Díez, Arnaldo Otegi, Miren Zabaleta, Sonia Jacinto y Arkaitz Rodrígez ha sido realizar un llamamiento a que el conflicto vasco se solucione por vías democráticas y pacíficas y, sin embar- go, el Estado español los mantiene encarcelados. Bueno, también es verdad que Erdogán se enfrenta a una oposición que va desde los grupos más conservadores, que gozan de apoyo de los militares, hasta grupos más dispuestos a abrir un proceso de paz.

Más allá de lo que suceda entre Oçalán y Erdogán, también está la cuestión de qué hacer para que se unan las partes de Kurdistán que actualmente forman parte de Irak, Turquía, Irán y Siria. Pero en Euskal Herria también, hemos tenido y tendremos que trabajar para llegar a una vía para unir Hego e Ipar Euskal Herria.

Queda un largo camino para que podamos ver resultados positivos de este proceso de paz naciente entre Kurdistán y Turquía: hace no tanto tiempo, Turquía incluso consideraba el hablar en la lengua kurda un crimen castigable con penas de cárcel. Ahora se está hablando de una posible refundación del Estado turco, para que reconozca los derechos de los kurdos como pueblo.

Pero queda un largo camino para que se llegue de palabras a hechos. De momento, por lo menos tenemos ya el hecho esperanzador de que cada día hay más gente que reconoce que no se puede continuar sometiendo a toda una nación de más de treinta millones al yugo de un sistema imperialista.


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