Django, el artista desencadenado

Marcelo Marchese
Rebelión

Así como un retiro de las aguas, una inspiración del océano, anuncia la llegada de un tsunami, la irrupción de una auténtica obra de arte es anunciada por la polémica que la acompaña. Tales son las diferencias entre el mundo de ideas que propone el artista y el mundo de ideas que gobierna nuestras vidas. En las líneas siguientes no justificaremos el último film de Tarantino, nos dedicaremos, con la anuencia del lector, a elucidar los aspectos de un discurso hegemónico entrevisto a la luz de los chispazos de un cuchillo que se afila en la oscuridad.

Fue el pensamiento políticamente correcto el primero en clamar contra el racismo del film, al representar las condiciones de la esclavitud del siglo XIX norteamericano. Los censores del mal uso del lenguaje detectaron que la palabra “nigger” se utiliza más de cien veces en la obra. Según esta visión que se viene imponiendo desde múltiples sectores, representar las condiciones de una realidad que el artista ataca, lo hace acreedor a la mentalidad atacada. Es la misma filosofía que anima la campaña “Abolir expresiones racistas del lenguaje”, una campaña que pretende anular su función como registro histórico; la misma que anima a la FIFA a diseñar una campaña publicitaria contra el racismo; la misma que alienta a los antropólogos a proscribir el término “raza”, suplantándolo por “etnia”; y la misma que subyace en los programas de los remates cibernéticos E-bay y Mercadolibre, pues si el lector quisiera poner a la venta un libro acerca de Hitler, automáticamente le caería la advertencia sobre la violación a la política de la página. No importan los descargos, no importa que el libro sea enteramente escrito contra el nazismo. El usuario no obtendrá respuesta. Jamás podrá vender un libro cuyo título incluya las palabras “Hitler” “nazi” o “éxtasis” aunque sea un libro de Irvine Welsh. De igual forma, en facebook se prohíben los comentarios racistas y ¡políticos!. Es la nueva mentalidad que se pretende imponer. No se atacan las raíces psicológicas de la enfermedad racista, se ataca algún supuesto aspecto exterior, lo único realmente importante para los promotores de la imagen, lo que cuenta en el mundo del marketing. Esta mentalidad idónea para el mundo del mercado se ha trasladado insensiblemente al resto de la sociedad. Se altera el principio de realidad que pasa a ser la apariencia de la cosa, sus aspectos exteriores, y desde las instancias del poder, sea desde el Estado, sea desde una página web, se determina la forma correcta de pensar. Tememos criticar la política exterior de Israel para evitar ser tachados de antisemitas. Tememos ser atacados como intolerantes por los propulsores de la intolerancia. La palabra “tolerancia” denuncia de por sí su violencia inmanente. Tolerar significa soportar. “Te tolero” viene a ser algo parecido a “Me revienta lo que decís, pero no tengo más remedio que apretar los puños y aguantarlo”. Las diversas etimologías de la palabra tolerancia son unánimes: “Del latín “tolerans” “tolerantis” de “tolerare” – “soportar, cargar, tolerar”, emparentado con el verbo “tollere” “levantar”. La tolerancia es sólo una cobertura de la intolerancia, la máscara hipócrita de la persecución de ideas. Significa aceptar que no tenemos más remedio que dejar que el otro hable y desconocer que la exuberancia de pensamientos enriquece a una cultura y la embellece. De esta manera, tolerante en apariencia, pero intolerante en esencia, actúa la escuela y todos los demás medios de difusión de ideas estatales. No se trata de estimular al niño a desarrollar unos pensamientos que acaso la vida, en su exquisita suma de circunstancias, sólo haya generado en él. Se trata de imbuirlo en verdades que la sociedad le deposita. La laicidad, como supuesta lucha contra la tiranía espiritual de la religión, esconde la defensa de otra tiranía espiritual. La laicidad atacó a la tiranía religiosa del siglo XIX para imponer la tiranía científica del siglo XX. El lugar que en la fe del hombre antaño ocupó la religión, hoy lo ocupa el sacrosanto método científico.
Una lógica sutil

La segunda andanada contra Tarantino fue lanzada por su colega Spike Lee, quien admite el uso de la palabra nigger en sus films, pero piensa que Tarantino lo hace de una forma obscena. Spike Lee no advierte el racismo que lo empuja a esta confesión. Sin embargo, el aspecto medular de su crítica radica en que la esclavitud fue un holocausto, que sus ancestros fueron secuestrados de África, y que, por lo tanto, hacer un spaghetti western con la esclavitud es una manera de deshonrarlos. No se debe hacer un film de entretenimiento, un pulp fiction, con algo que significó grandes sufrimientos. Es una visión que olvida el rol del humor, esa lógica sutil que envuelve lo que ataca, trastocándolo, y niega el rol terapéutico del arte. El hecho traumático es traumático en tanto establece la tiranía del monstruo de una sóla cara. El arte se convierte en una terapéutica milenaria, tanto para el artista como para el espectador, al desdoblar la realidad. La diferencia entre el relato que analizamos, y el resto de los relatos que hemos tenido que soportar sobre la esclavitud, es que en éste la acción nos mantiene en vilo y permite que vivamos lo que se nos quiere decir. La primacía del arte sobre la política a la hora de hacer política, es permitir que una idea tome cuerpo en un personaje. Cada personaje canalizará el desdoblamiento de los conflictos interiores del espectador y encarnará cada una de las posiciones políticas sobre un tema. Era en el teatro donde se dirimían las cuestiones políticas que atravesaban a la sociedad de la Antigua Grecia. Los ciudadanos y los esclavos, los hombres y las mujeres, acudían al teatro para luego debatir acaloradamente, en tanto el jurado premiaba o multaba a los creadores, mas nadie escuchaba las peroratas de los filósofos. Cierta vez que Platón descendió a hablarle a la plebe, acudieron en tropel… para retirarse a los cinco minutos.

En los primeros siglos, la Iglesia Romana se opuso al teatro y a las artes como cosa demoníaca, sensual, pero luego advirtió el rol ideológico que podían desempeñar y así nacieron los retratos de Cristo, los misterios y los autos sacramentales. Luego el cine llevó multitudes a la escena, y a las representaciones, agregando nuevos recursos, convirtiéndose en el gran medio de difusión de ideas de nuestro tiempo.

En este film de Tarantino asistimos a una revolución en la historia del mensaje que se nos ha venido enviando desde la pantalla, los esclavos que siempre hemos visto sufriendo y esperando que los blancos los liberen, se convierten en sus propios libertadores, y abandonan la mansión sin hacer una reverencia. No se marchan cerrando la puerta suavemente. Ni siquiera en un plano fantástico el ser norteamericano se había animado a plantear las cosas de esta manera, acaso por temer que todo aquello que se imagina luego tienda a manifestarse. Tarantino nos hace sufrir, nos hace amar, nos hace desear la venganza del esclavo, y asistimos a esa venganza como una liberación. No se trata de hacer un fallo salomónico, se trata de aplicar una estricta justicia, en la mente, en el corazón y en el sexo del espectador: que el esclavo se libere y que la mansión del esclavista vuele por los aires con sus ladrillos y sirvientes. Es la misma lógica que llevó a Werner Herzog a regalarnos esta frase como corolario de su “Cobra Verde”: “Y los esclavos vendieron a sus amos y fueron libres”

 

La catarsis

La naturaleza, sensible al equilibrio, ha establecido que por cada artista surjan cien mil críticos. Es una ley natural de las compensaciones. De esa manera la sociedad pretende amortiguar el mensaje del artista. Es como si un organismo creara su terapéutica, pero al mismo tiempo creara un remedio contra esa terapéutica, y ahí tenemos el rol de buena parte de la crítica y la enseñanza del arte: desvirtuar, atenuar, intelectualizar, racionalizar y alejar al espectador del mensaje evitando su propia elaboración, pues la chispa del arte sólo se genera cuando se conectan los extremos creativos.

El tercer disparo, y éste desde la almena del sentido común, fue un rechazo a la “violencia innecesaria del film”, como si Tarantino nos mostrara una visión exagerada sobre la esclavitud. Uno tiende a sospechar que la esclavitud fue cien mil veces más violenta que lo que este film nos muestra, pues la mente humana actúa en forma defensiva y pretende atenuar los rasgos dolorosos del pasado. Pretender conscientemente atenuar los aspectos dolorosos es una manera de mentir y de sumar otro obstáculo a la posibilidad de representar la realidad, pues la realidad siempre será más rica que la más desatada de las fantasías. El cineasta, como el historiador, debe mostrarnos el resultado de su investigación, mas permitamos que sea el propio Tarantino quien nos lo esplique: “Todos ‘conocemos’ intelectualmente la brutalidad e inhumanidad de la esclavitud, pero tras investigar el tema deja de ser intelectual, ya no es un mero registro histórico. Uno lo siente en los huesos; te enoja, te hace querer hacer algo. Normalmente, cuando se filma el relato de la esclavitud, salen películas históricas con H mayúscula, polvorientos manuales escolares. Yo quiero romper para siempre esa vidriera con una piedra y llevarte adentro de la historia. Quiero hacer películas que lidien con el horrible pasado de los Estados Unidos, pero hacerlas como spaghetti westerns, no como películas de Grandes Temas. Quiero hacerlas como películas de género que tratan con todo aquello con lo que Norteamerica nunca ha lidiado porque está avergonzada de ello, y que otros países no tratan porque sienten que no tienen el derecho de hacerlo”.

Tras la queja a la violencia mostrada en el film, que esconde la queja a que se remueva innecesariamente aquel pasado siniestro de la historia norteamericana, y como astuta forma de alejar la atención del público de aquella violencia, surgió la crítica a la “glorificación de la violencia”. Estos detractores acusan al cine violento de ser responsable de idealizar la violencia, idealización que llevaría al Loco de Denver, y otros dementes, a perpetrar masacres en escuelas y cines. Los críticos ya encontraron el nido de la bruja. De forma similar, una cantidad de buenas gentes evitan que sus niños jueguen a la guerra para asegurarles un futuro pacífico. Las cosas, sin embargo, no funcionan de una manera tan prosaica y lineal. El juego actúa como representación de algo. La magia del fútbol radica en su simbología: dos ejércitos uniformados en lucha, un campo de batalla delimitado e himnos que se entonan por la masa de partidarios. Por más que encontremos algunos pueblos primitivos pacifistas, la inmensa mayoría, y hasta por diversión, se dedicaron a la guerra. El instinto agresivo será inherente al hombre en tanto sigamos siendo, afortunadamente, animales. Fue todo un logro de la civilización desarrollar las actividades que permiten redireccionar nuestra energía destructiva en debates, regateos, artes o deportes. El peligro es impedir al niño representar su violencia latente, impedirle elaborar sus formas de canalizarla. Ya dijimos que el espectador también hace arte. El espectador logra vivir su violencia con la violencia enviada a raudales desde la pantalla. Es por eso que este film de Tarantino, como el anterior en que hace volar por los aires a Hitler, es un film catártico. Si salieran a luz las biografías del loco de Denver y compañía, posiblemente veamos a niños castrados por sus padres, imposibilitados de jugar a los que se les antoje. El loco de Denver entró en crisis cuando comenzó a bajar el rendimiento en la disciplina que estudiaba, lo cual lo llevó a la pérdida de su beca. Estas masacres se explican más como efecto de una sociedad hiper exigente que se burla de sus losers, que por la violencia que representan sus geniales artistas.


El artista y la historia oficial

Fue en un film de Wadja donde aprendimos algo que no nos enseñaron los libros de historia: los aliados, luego de abiertos los campos de concentración recluyeron a los sobrevivientes en otros campos de concentración, para así evitar agregar más leña al fuego de una Europa convulsionada. El artista nos da una visión del pasado que no siempre es aportada por el frío trabajo del historiador, que debe lidiar con los prejuicios inherentes a su disciplina. Engels cuenta que con Marx habían estudiado el desarrollo de la burguesía en Francia no de la mano de los historiadores, si no de la mano de Balzac. El techo que teme el historiador es el piso por el que camina el artista. A la hora de abordar el ataque de Tarantino a la historiografía oficial norteamericana, sabemos de sobra las resistencias que encontraremos de parte del lector, pues haremos referencia a cierta simbología que, sea consciente o inconscientemente, utiliza Tarantino. Salvo un sheriff que aparece en una sóla escena, el único blanco en todo el film que no es partidario de la esclavitud es el amigo de Django, un alemán que lo libera y luego lo ayuda a liberar a su esposa. No sólo el personaje es alemán, el protagonista es de origen austríaco, y ya lo vimos en el anterior film del mismo director, representando el papel de nazi intelectualmente dotado. No es común que quien se nos ha mostrado como un villano, inmediatamente aparezca como un héroe, salvo que un propósito aliente esta opción. Normalmente los actores desarrollan un perfil, pues al aparecer en una obra arrastran, como si fuera su séquito, todos los personajes encarnados en el pasado. La intención del director ya no es solamente enjuiciar la esclavitud, si no poner en tela de juicio la realidad, y con ella, las verdaderas intenciones de la manida crítica del cine norteamericano al nazismo, que equivale a decir: las verdaderas razones de la lucha de Norteamerica contra el nazismo. En todo caso, Norteamerica fue tan nazi con sus negros como Alemania con sus judíos, con la diferencia que Norteamerica se quedó con todos los científicos nazis que pudo, a modo de botín de guerra.

En este proceso de poner en la picota el sentido común del espectador, el director asigna el papel del esclavista sádico a un héroe asociado a nobles papeles, el sex simbol bisexual Leonardo di Caprio, descendiente de italianos como Tarantino. Luego subirá al patíbulo una concepción del racismo como si fuera exclusivamente tributaria de una nación blanca, pues el racismo supera fronteras y razas. El personaje más racista del film es el esclavo de Leonardo di Caprio, su mayordomo: Samuel Jackson. Jamás en la historia del cine fue representado un ser más abyecto y servil. Un negro actúa como pieza del sistema de la explotación negra, así como negros fueron los que en África apresaban negros para venderlos a los blancos. Aquí es cuando a Tarantino le crecen las alas y vuela para atacar los ojos de la esclavitud, pero no satisfecho, sube más alto para atacar los ojos de la “libertad” en que se resolvió la esclavitud. ¿No son aquellos mismos esclavos los que hoy se pasean al ritmo del hip-hop? ¿No envía Tarantino una advertencia irónica a aquellos que cantan loas a los planes sociales de Obama, como si constituyeran un avance en la liberación humana? En ningún momento del film el protagonista se preocupa por la liberación de los esclavos, su único objetivo es liberar a la mujer que ama. Para lograr su propósito debe actuar como un negrero, cumpliendo a la perfección su papel sin delatarse, a diferencia de su amigo alemán que se horroriza cuando arrojan a un esclavo a los perros. Django lo disculpa de esta manera: “No está habituado como yo a los norteamericanos” una frase muy interesante, sobre todo proviniendo de un norteamericano. Al término del film, un show que hace Django con su caballo, ante el aplauso de la dama, nos recuerdan el show mediático protagonizado por el presidente norteamericano y la primera dama. No sabemos si además de un homenaje al spaghetti western el director no desliza también algún tipo de burla a sus exageraciones. No sabemos si a la postre Tarantino no aplica el humor, esa suprema inteligencia, a la historia norteamericana, a su tan cacareada libertad, a la tierra de las posibilidades, a quienes se nos presentan como defensores de los excluidos, a los propios descendientes de esclavos que dicen atacar la esclavitud y la discriminación en tanto la reproducen, y por último, al propio cine que a él mismo le fascina. Homenajea, pero también satiriza y arranca el ropaje de la realidad aparente para mostrarnos la verdad desnuda.

Mas todo esto bien podrían ser conjeturas sin fundamento. Lo único cierto e irrebatible es que si el lector odia que se esclavice a un hombre, que se lo humille y se lo arroje a los perros ante la risotada de los valientes sádicos, ese lector saldrá del cine con el alma aliviada por una poderosa catarsis y agradecido con el autor que cierta vez, de gira en Japón, compró una cantidad de bandas de sonido de spaghetti westerns, un género que no ha perdido prestigio en aquel país. Llegado al hotel, pasó el día escuchándolas. Mientras lo hacía se apoderó de su mente la primera escena de un film, y se puso a escribirla, y esa escena lo llevó a otra y así siguió, inspirado, como cuando dentro nuestro aparece uno que nos lleva a regiones desconocidas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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