El caos y la guerra llaman a la puerta de «Sahelstán»

Análisis | Guerra en Mali

El autor analiza la actual crisis en el Sahel desde las dimensiones local, regional e internacional. Así, partiendo de un estado endeble (Mali) y de un conflicto regional irresuelto (el de los tuaregs), analiza el papel de las potencias internacionales y sus ocultos intereses.

Txente REKONDO
Analista internacional

Hace algo más de un año, la rebelión de los tuareg en Mali supuso el punto de partida de una serie de acontecimientos que han trastocado profundamente esta importante región africana y que amenaza con extenderse en el tiempo y en el espacio.

Toda una serie de factores han colaborado en el actual panorama, que ofrece muchos paralelismos con experiencias recientes (Irak, Afganistán o Libia) y puede dar paso a otro paradigma, «Sahelstán». La conexión entre las dimensiones local, regional e internacional sirve para comprender mejor la situación
La dimensión local. En estos trece meses Mali ha desembocado en el caos. Hace trece meses los tuaregs se rebelaron contra el gobierno central, lo que fue una nueva etapa de enfrentamientos que ha caracterizado ya en el pasado las relaciones de este pueblo con los sucesivos gobiernos de Bamako. El regreso desde Libia de combatientes bien armados y con experiencia militar tras la caída de Gadafi, junto a una larga historia de agravios políticos, marginaciones sociales y negligencias por parte de Mali, impulsaron esta nueva fase del conflicto.

A partir de ahí se sucederán los acontecimientos, con un golpe de estado militar contra el gobierno, toma de todo el norte por los tuaregs, y posterior declaración de independencia, enfrentamientos entre islamistas y tuaregs, auge del protagonismo de al menos tres organizaciones islamistas con evidentes vínculos ideológicos y estructurales con la red al Qaeda, y finalmente la intervención extranjera del Estado francés.

Lo que hasta hace un año mostraban como ejemplo de transición hacia la democracia, se ha convertido en un nido de diferentes crisis. La primera de ellas de carácter político, ya que las instituciones apenas se reponen del enfrentamiento tras el golpe y las divisiones políticas son más que evidentes; una crisis de seguridad, con un ejército en desbandada, desmoralizado: otra de tipo territorial, con más de la mitad del país en manos de grupos islamistas y tuaregs y en último lugar, la tragedia humanitaria, con cientos de miles de desplazados internos y refugiados.

La dimensión regional. La región, el Sahel o el Sahara Central, se ha convertido en el eje central de la crisis, más allá de lo que acontece en Mali, que puede considerarse como el desencadenante perfecto.

La región alberga importantes recursos naturales, por el que pugnan las principales potencias mundiales y de los que se aprovechan las élites locales. Persisten dos conflictos históricos sin resolver (el proceso soberanista del Sahara Occidental y las reivindicaciones del pueblo tuareg), y ha crecido la influencia de organizaciones como al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), junto a otros grupos como Boko Haram en Nigeria, o al-Shabhab en Somalia.

Las características de la región han permitido en los últimos años el desarrollo de un sistema de redes de «delincuencia organizada». La importación de productos para el consumo, unida al impago de tasas, fomentó un contrabando controlado, que se extendió al tráfico de armas, drogas y personas (incluido en este apartado el lucrativo negocio del secuestro de extranjeros, tanto turistas, como trabajadores de ONGs y otras empresas).

Algunos apuntan a que en las operaciones de tráfico de tabaco (muy lucrativas) podían haber influido las grandes compañías internacionales, enojadas con las tasas y el monopolio en muchos estados sobre este producto. Ni qué decir tiene que estas actividades han traído consigo una importante merma de los ingresos estatales, junto a la expansión de prácticas ligadas a la corrupción y a la colaboración entre traficantes y funcionarios, militares y policías.

El AQMI ha ampliado su presencia inicial en Argelia a la mayoría de estados de la zona. Para ello ha puesto en marcha una estrategia de integración regional, creando lazos estrechos a través de matrimonios y acercamientos familiares; patrocinando con dinero, armas, entrenamiento militar o formación política a los nuevos grupos locales y convirtiéndose en una especie de «agencia de colocación» para sectores de la juventud y determinadas tribus, enfadadas con las políticas de sus respectivos gobiernos, ante los que mantiene un discurso en el que se presentan como sus «defensores» ante los gobiernos.

Con un común denominador ideológico en torno al salafismo, todas esas organizaciones comparten un nexo común, al tiempo que cada una sigue manteniendo su propia agenda local. Algunos apuntan a la existencia de una especie de corredor islamista (lo que otros han comenzado a definir como Sahelstán) y en el que de momento se pueden observar tres vértices cada día más poderosos, una especie de triunvirato: AQMI, Boko Haram en Nigeria y Al Shabaad en Somalia.

La dimensión internacional. En este puzzle no podían faltar los actores internacionales. La intervención francesa puede volver a situar otra región en una compleja y delicada, incluso explosiva, situación.

Las maniobras de EEUU, por un lado, y el Estado francés, por otro, no son nuevas en la región. El Plan-Sahel de Bush en 2004, a través de militares, tropas especiales y «contratistas», se aseguró su presencia en Mauritania, Níger, Chad y Mali, y se amplió a otros estados vecinos (entre ellos Nigeria y Argelia) con la Iniciativa Antiterrorista TransSahariana, logrando permanecer en dos de los estados energéticos más ricos en recursos.

Por su parte, es de sobra conocido el interés de Francia en sus antiguas colonias, tanto en clave ideológica (la mal llamada Francophonie) como geoestratégica (recuperar su peso en la esfera internacional y controlar los recursos naturales). Cuando los intereses franceses (el uranio de Níger y la potencialidad energética de Mali) están en peligro, París se viste con su ropa de gendarme y envía sus helicópteros. Esa y no otra es la cruda realidad de la Françafrique, y que en esta ocasión puede abrir (si no lo ha hecho ya) todo un abanico de amenazas transnacionales, más allá además de las dramáticas consecuencias para las poblaciones locales.

Los grupos locales que buscan derrocar a sus gobiernos e instaurar una agenda islamista, alimentados por jóvenes que se ven obligados a emigrar a Europa, intentarán aprovechar el caos que puede seguir a la intervención en la región.

Es pronto para determinar si las experiencias de Irak, Afganistán o Libia acabarán reproduciéndose en el Sahel, pero lo que está claro es detrás de estas intervenciones militares no se encuentran supuestas «ayudas humanitarias», sino más bien la defensa de los intereses de las otroras potencias coloniales.

Sirva como colofón el término elegido por París para la operación militar. «Serval» es el nombre de un felino africano que, en su juventud, puede ser domesticado, pero es difícil de mantener en cautividad porque no suele reconocer la jerarquía impuesta por sus dueños. A pesar de ello, es utilizado como mascota exótica en algunos países occidentales. Ya veremos si finalmente el propio nombre acaba siendo profético.


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