La democracia mexicana post mortem

El retorno de una dictadura bastarda
Paul Imison
CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

CIUDAD DE MÉXICO – El viernes, miles de personas en Ciudad de México se sumaron a un funeral simulado para lamentar la “muerte” de la democracia mexicana. No tienen que preocuparse. La resistencia misma de los ciudadanos al fraude electoral de este verano –ejemplificada por el movimiento #YoSoy 132 dirigido por los estudiantes– muestra que siguen funcionando sus signos vitales.

Enrique Peña Nieto del Partido Institucional Revolucionario (PRI) es ahora oficialmente presidente electo de México y prestará juramento el 1 de diciembre. Todos lo supimos la noche del 1 de julio cuando el presidente Felipe Calderón del Partido de Acción Nacional (PAN) ungió a su sucesor al estilo dedazo tres días antes de que se anunciara el recuento final. Lo supimos con certeza al día siguiente cuando el presidente de EE.UU., Barack Obama, reconoció la victoria.
“¡La presidencia no puede ser comprada!” gritaron miembros del izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD) cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) anunció que ratificaría la elección el jueves. La coalición del Movimiento Progresista –compuesta por el PRD, el Partido del Trabajado (PT) y el Partido del Movimiento Ciudadano– había exigido una investigación total de la elección después de la aparición de evidencia de gastos ilegales en la campaña, de una flagrante compra de votos y de abrumadora parcialidad por parte de los medios derechistas.

A diferencia de EE.UU., las elecciones mexicanas están reguladas estrictamente para garantizar la máxima transparencia y juego limpio. Los candidatos reciben aproximadamente 26 millones de dólares para su uso; el financiamiento privado y las campañas negativas están prohibidos; la televisión y la publicidad en los medios son asignados por el Instituto Federal Electoral (IFE). Esa es la teoría, por lo menos.

Incluso antes de que los mexicanos fueran a las urnas, cientos de miles de personas marcharon en protesta contra los intentos del PRI de comprar las elecciones así como contra medios corporativos tan parciales que podrían enseñar un par de cosas a Fox News. En cuando a los supuestamente “autónomos” TEPJF e IFE cuesta no creer que el jurado esté manipulado.

Uno se pregunta si Enrique Peña Nieto, como Calderón en 2006, tendrá que prestar juramento a medianoche y a puerta cerrada para impedir que las hordas indignadas arruinen la fiesta. Se está convirtiendo rápidamente en una tradición desde que México “hizo la transición a la democracia” en el año 2000.

Cómo “funciona” la democracia mexicana

En muchos aspectos ya es un déjà vu, Felipe Calderón del derechista PAN derrotó a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) del PRD por solo 0,56% de los votos. Gracias al mordaz libro sobre Calderón del veterano periodista Julio Scherer García sabemos que el PAN pagó unos 800.000 dólares a la compañía Hildebrando –de propiedad parcial del cuñado del presidente– contratada por el IFE para diseñar el software electoral. Junto con la pista de papel, la confirmación provino directamente de boca del expresidente del partido Manuel Espino.

Este año, el PRI, que gobernó México durante 71 años consecutivos como una dictadura de facto (“la perfecta dictadura” según el escritor peruano Mario Vargas Llosa), adoptó una táctica mucho más simple: arrojar dinero por doquier. Es un procedimiento bastante acostumbrado en, digamos, EE.UU., donde las elecciones son una lucha libre corporativa, pero en México las reformas electorales introducidas desde los años noventa se crearon precisamente para impedir una farsa semejante.

Muy útil en la gran impostura del PRI en 2012 fue el Grupo Financiero Monex, que canalizó hasta 296,5 millones de dólares de donaciones corporativas e (inevitablemente) de beneficios del narcotráfico a los cofres de la campaña de Peña Nieto. Ese dinero no solo ascendía a doce veces el límite legal de gastos, sino que además sirvió para regalos, proyectos de construcción y otros instrumentos de coerción. Mientras tanto, se sumaban las historias de matones del PRI que destrozaban material de campaña de la oposición e intimidaban físicamente a los votantes votantes que no se dejaban sobornar.

En un divertido acto secundario, el empresario mexicano-estadounidense José Luis Ponce de Aquino demanda actualmente al PRI en un tribunal de California porque no le entregaron los 56 millones que le ofrecieron por la promoción de Peña en su cadena La Frontera en EE.UU. El pobre bobo ha implicado desde entonces a compañías como GAP, FIG, GM Global y Jiramos en el escándalo, y afirmó que recibió amenazas relacionadas con el origen del dinero que le prometieron; es decir, el crimen organizado.

Sobre todo, sin embargo, la victoria del PRI fue una cuestión de propaganda masiva. Grandes agencias de sondeo de opinión como GEA/ISA y Consulta Mitofsky han sido acusadas de exagerar deliberadamente la popularidad de Peña Nieto durante meses antes de la elección, predijeron una ventaja de un 40%; ganó por menos de 10%. Los medios dominantes exageraron esos sondeos sin cuestionarlos. El (conservador) periódico Milenio se ha disculpado desde entonces por aceptar a ciegas los sondeos de GEA/ISA, de propiedad de un miembro del PRI de toda la vida y exjefe de la compañía petrolera estatal PEMEX.

Desde el punto de vista de la derecha mexicana, todo ese “negocio” fue necesario para impedir que el país cayera en manos de lo que un periódico derechista calificó de “chavismo al estilo venezolano”. Gigantes extranjeros de las inversiones, la Casa Blanca y los diez multimillonarios dueños de la mitad de la riqueza de México pueden dormir tranquilos por ahora; gracias a Dios.

Viejo PRI/nuevo PRI

Seamos justos, el PRI hizo una brillante campaña. Mientras la economía petardea y la violencia de las pandillas destruye gran parte de la nación, Enrique Peña Nieto se basó en la noción de que una mayoría de los mexicanos lo pasaron mejor bajo la dinastía de siete décadas del partido. Presentándose irónicamente como “el nuevo PRI”, fomentando en realidad la nostalgia por “el antiguo PRI”; la versión previa al FMI cuando México era una de las economías en más rápido crecimiento del mundo.

La suerte de la economía mexicana desde que fue “liberalizada” por el FMI en los años ochenta es un tema que no se discute en los círculos de la buena sociedad. Actualmente, expresar nostalgia por las políticas suavemente socialdemócratas del PRI en los años setenta es ser un peligroso “radical”, como han aprendido los candidatos del PRD.

AMLO, de hecho, fue un candidato más cercano al “antiguo PRI”, al favorecer mayores inversiones en la industria y la agricultura nacionales, la renegociación del NAFTA y la limpieza de la compañía petrolera estatal para financiar los gastos sociales. Solía ser la característica de la economía mexicana; ahora es propaganda en camino hacia una ‘dictadura al estilo de Chávez’.

Ante el modo en que el gobernante PAN se echó a un lado, muchos hablan de un pacto entre Felipe Calderón y el PRI para ceder efectivamente el poder en esta elección. Manuel Bartlett, expeso pesado del PRI que abandonó el barco y será senador por el Partido del Trabajo (PT) –miembro de la coalición de AMLO– en la nueva legislatura, afirmó recientemente que el acuerdo PRI-PAN data de la victoria flagrantemente manipulada de Carlos Salinas de Gortari en 1988.

Bartlett debería saberlo. Aunque actualmente se reconoce pocas veces, porque es uno de los “buenos”, se cree que como secretario del Interior de Salinas jugó un papel clave en el legendario fraude informático de ese año.

Entonces el PRI mantenía una mayoría absoluta en el congreso y controlaba todos los Estados del país, pero existía una creciente demanda de elecciones más limpias, más transparentes.

Bartlett: “Salinas de Gortari ‘se comprometió a entregarles en las concesiones varias gobernaciones y otros cargos políticos y llevar a cabo las reformas de la derecha [si respaldaban su victoria]. Ahí se inició el contubernio’.”

Neoliberales de México uníos

Lo que se ha olvidado generalmente en la disputa por la victoria de Peña Nieto es que las políticas que proyecta son casi exactamente las mismas que las impulsadas por el PAN durante los últimos doce años. Como Calderón, las prioridades de Peña serán las reformas laboral, fiscal y energética; todas las cuales favorecerán esencialmente a los gigantes inversionistas extranjeros por sobre las necesidades de la mayoría pobre (y creciente) del país. El PRD, que es ahora la segunda fuerza política en las dos cámaras del congreso, ya ha anunciado su intención de bloquear las reformas.

Peña también continuará el desastre de la “Guerra contra la Droga” financiada por EE.UU., con la excepción de unos pocos ajustes estéticos como la creación de una Fuerza Nacional de Policía reclutada en gran parte del ejército y de la existente Policía Federal. Más allá, se mantendrá la mentalidad de Estado de seguridad de Calderón; atacando a miembros de bajo rango de las bandas (los pobres), a esos molestos defensores de los derechos humanos, y a cualquier grupo que se considere “desestabilizador” del país (elija a su gusto).

La guinda del pastel: el presidente electo ha contratado a la firma de relaciones públicas basada en Washington Chlopak, Leonard, Schechter & Associates para pulir su imagen internacional antes del 1 de diciembre. Los clientes anteriores de la agencia incluyen a Ernesto Zedillo (el último de los dictadores del PRI, acusado actualmente de ser el autor intelectual de la masacre de Acteal en Chiapas en 1997), al expresidente colombiano Álvaro Uribe, y al régimen golpista hondureño de Roberto Micheletti.

Es oficial, por lo tanto: ¡bienvenido al club de “nuestros bastardos”, Peña!

La voz de las calles

Sin duda alguna el factor X en este elección fue el movimiento pro democracia #YoSoy132 dirigido por los estudiantes, que nadie esperaba y que se sigue oponiendo a lo que llama la “imposición” de Peña Nieto al electorado. Formado el 11 de mayo después de una espontánea protesta en el campus contra el candidato del PRI, amenazó con poner cabeza abajo la elección mientras atacaba con furia el retorno de la “perfecta dictadura”.

Muchas de las protestas de #YoSoy 132 se han dirigido contra Televisa, el poderoso gigante de la televisión del país, que actuó como porrista para Peña Nieto desde el principio. Cuando no emite telenovelas que presentan a los mexicanos un estilo de vida con el cual un 99% de ellos solo puede soñar, su cobertura política se pareció más a un largo anuncio publicitario para sus aspiraciones presidenciales.

En junio, el periódico británico Guardian publicó documentos que muestran que el PRI pagó millones de dólares a la cadena a cambio de una resplandeciente cobertura de su candidato junto con una clara estrategia para difamar a AMLO. Los documentos también suministraron más evidencia de lo que todos sabían: el PAN había hecho una componenda similar en 2006.

El 26 de julio, a pesar del tiempo borrascoso que afecta Ciudad de México cada verano, miles de manifestantes pro democracia rodearon los estudios de Televisa en la capital en un “bloqueo” de 24 horas que atrajo la mayor presencia policial vista en una manifestación post electoral.

Hubo otra protesta el sábado para el sexto y último informe del presidente Calderón, o discurso sobre el Estado de la Unión. #YoSoy 132, como gran parte de la población, ve a los dos grandes partidos como un “PRIAN”, un monstruo bicéfalo. Lo que es más, ven a Calderón como cómplice en el grandioso robo del PRI.

Encontré a un grupo de “Ocupantes” estadounidenses que pasaban el verano en México como voluntarios y se mostraron estupefactos ante la capacidad organizativa y la osadía mostrada por los manifestantes mexicanos en un país en el cual –no hay que olvidarlo– existe una brutal historia de represión de la disidencia política.

Digámoslo de otra manera: imaginad a estudiantes estadounidenses realizando un bloqueo de 24 horas de Fox News o CNN porque creen que los gigantes de los medios tratan de “imponer” un candidato al electorado. Imaginad a unas doscientas mil personas rodeando un monumento nacional para exigir una elección libre de propaganda en los medios y dinero corporativo. Imaginad que un presidente de EE.UU. tenga que prestar juramente a puerta cerrada y a media noche porque hay hordas de personas dispuestas a impedirle físicamente que asuma el cargo.

Y así una nueva generación de mexicanos –abanderados naturales de los estudiantes asesinados en la masacre de Tlatelolco de 1968– se hacen cargo de las antiguas causas de democracia, justicia y soberanía nacional. Con otras protestas de #YoSoy132 programadas para fechas clave entre ahora y el 1 de diciembre, la verdadera pregunta es cuánta fuerza le queda al movimiento y qué tipo de presión puede ejercer sobre el nuevo gobierno.

El trasfondo es Latinoamérica en trance de cambio político. Mientras muchos en la región celebraron el 229 aniversario del nacimiento del legendario héroe de la independencia Simón Bolívar el 25 de julio, y con la creciente integración de un orden más progresista, socialdemócrata, México parece más que nunca una reliquia de la Guerra Fría con la vieja dictadura anticomunista de “nuestro bastardo”, el PRI. Hay que agradecer que haya resistencia.

Paul Imison es un escritor residente en Ciudad de México. Contacto: paulimison@hotmail.com

Fuente: http://www.counterpunch.org/2012/09/04/mexican-democracy-a-post-mortem/


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