KUKUTZA – Iñaki Egaña

 

 

 

 

 

Estuve hace unas pocas semanas en Val Susa (Piamonte), invitado a una zona de conflicto desde 1990. El origen del mismo tiene que ver con la decisión de los vecinos de paralizar las obras del tren de alta velocidad que debe unir Turín con Lyon, destrozando uno de los escenarios más espectaculares de Europa, al pie de los Alpes.

La invitación no tenía nada de especial, o más bien, entraba dentro de las actividades que quienes llevan acampados desde hace años al pie de las obras, aún sin iniciar, habían preparado para este verano. Somos un viejo continente que se mueve por una vía oficial que nos repele, y otra, paralela y no se si oficiosa, repleta de solidaridad y cariño entre comunidades, pueblos y proyectos.

Las activiades de este verano en Val Susa, cualquiera las puede consultar a través de Internet, eran autogestionadas. No hay subvenciones, no hay banqueros con sus fundaciones, no hay mecenas de la revolución. Las aportaciones son de los visitantes, de los participantes. Autogestión en el sentido completo de la palabra. Lo que fuimos en el comienzo, lo que deseamos en el futuro.

Aunque el objetivo de mis conferencias era el de contar experiencias, crónicas y recuerdos presentes de nuestro país, la prensa local ya se encargó de transmitir la idea de que vascos llegaban a Val Susa a revolver el ambiente. La mentira inunda aldeas, valles y ciudades de Europa y, cuando la verdad encuentra algun resquicio, la mentira se hace más ramplona. A veces nos hace reir, pero a ese mundo oficial no le importa en absoluto. Las sentencias de la Audiencia Nacional son paradigma de esta afirmación.

La autogestión en Val Susa, es un modelo propio que tiene similares experiencias en otros lugares. Como invitado, llegó el momento de poner ejemplos y entre los que me tocó improvisar en los aún atardeceres calurosos del Piamonte, me vino a la memoria el de Kukutza. Cerca de trece años de autogestión y con la espada de Damocles sobre su proyecto. Kukutza, para Europa, era, entre nuestros ejemplos, el ejemplo.

Volví a casa y pasaron los días, las semanas, y Kukutza, tan lejano y tan cercano, seguía teniendo un portagonismo innecesario. Eso de que “mejor que se hable de uno aunque se hable mal”, siempre me ha parecido una majadería. Porque, en este caso, quienes más hablaban de Kukutza eran los que habían puesto fecha para su entierro. Que, desgracidamente, llegó con dos protagonistas que ejercieron de testigos. O más.

El primero, hijo de Zeus y Hera. El dios de la guerra (Ares en lenguaje más cercano), que ha provocado uno de los conflcitos que se asentará en nuestra retina histórica como lo fue el de la Batalla de Euskalduna, el Asalto Policial a la Plaza de Toros de Iruñea, el Proceso de Burgos o la Masacre de Gasteiz. La Ertzaintza se suma por la puerta grande (ya había hecho méritos suficientes, bien es verdad) al Libro Negro de la Infamia (perdón por el color).

Es cierto que el dios de la guerra gallego-griego, ha estado acompañado y alentado por un vasco de pura cepa (aunque castellano de acento), Meles-meles en la nomenclatura de Linneo, tasugo o tejón entre los vecinos (Azkuna en el lenguaje más cercano). Como este es un medio de difusión, y sin ningún tipo de mofa, añadiré que entre las acepciones que marca el diccionario, el tejón vasco es sinónimo de canalla. Eskaltzandia lo refrenda y como no podía ser de otra manera, me viene al pelo para la metáfora.

El derribo de Kukutza, junto a las adhesiones que ha provocado, nos ha mostrado un mapa perfecto de lo que es la política vasca en otoño de 2011. Quién es quién, podríamos añadir. Qué defiende cada sector y, sobre todo, qué hay detrás de conceptos como orden, proporción, propiedad privada, autogestión, transversalidad, violencia y algunos más. Un escenario para el futuro.

Sabemos desde hace muchísimo tiempo que cuando hablamos de violencia la estructural no cuenta para nada. Que la policía está para pegar, castigar, avasallar y, si hace falta, matar. Por eso van armados hasta los dientes. Ares y Azkuna lo han dicho con claridad: reconocimiento y proporcionalidad. Iodia Mendia, sin venir a cuento, pero mientras derribaban Kukutza ya había señalado que la violencia de ETA está en el origen de las torturas. Disculpa al torturador. No olviden de Mendia es consejera de Justicia del Gobierno de Gasteiz.

El principio de autoridad está en la fuente de las decisiones policiales. Ya pueden ustedes meter en la coctelera a corruptos constructores, a narcotraficantes condenados, a especualdores sin escrúpulos. Son los desagues del sistema, el sistema en si mismo. Pero por muy forajidos que sean, incluso para los propios, son de casa porque no ponen en entredicho el estado de las cosas. La autoridad es la madre del orden. Y el orden es el estado definido por los propietrios del dinero. El resto es ilusionismo

Sabemos, desde hace mucho tiempo, que cuando hablan de “propiedad privada” se refieren al término más amplio de la expresión y no como algún ingenuo podía pensar, a los ahorros del banco o a la posesión de vivienda propia (en la mayoría de los casos compartida con el banco a través de una hipoteca). La propiedad privada defendida es la que amparan en el marco privado pero también en el pretendido público.

Han sido y son, en la mayoría de los casos, propiedad privada las instituciones, el escenario político, las reglas no escritas de exclusividad, las paredes de la vida pública y, cuando los tiempos aprietan, las decisiones que efectan a la colectividad sin siquiera pasar por el escaparate (cambio de la Constitución española). Es propiedad privada todo lo susceptible de transformar la sociedad, precisamente, para no transformarla.

Sabemos que la transversalidad es un cuento chino, que los que tienen el dinero son los que mandan a través de marionetas. Y que estas marionetas, en nuestros país, están sustentadas en tres partidos políticos que tienen la “P” en su apellido. Son los que respaldan el Estado, arropan a sus agentes, hagan lo que hagan, y abren la puerta a que cualquier actividad social, política o cultural lo sea en función del beneficio monetario que produce.

La cultura que nos proponen comienza de arriba hacia abajo, impuesta por corredores de apuestas y representada en macro-escenarios de quita y pon. Recuerdo el debate suscitado hace más de 30 años con la inauguración del Centro Pompidou en París. Un único proyecto para matar a cientos, miles de pequeños proyectos que por aquel entonces pululaban por la capital francesa apenas unos años después de las revueltas del 68.

En nuestro país, la cultura ha sido definida con espacios capaces de acoger a lo más comercial de lo universal y a lo más acomodado de lo particular. Siempre con excepciones, por suspuesto. Me ha llamado la atención, por ejemplo, que mientras se desarrollaban los funerales por Kukutza, se estaba celebrando en Donostia el Zinemaldia. Y que actores, directores, actrices y realizadores, en su día libre eran invitados al Museo Balenciaga y no, por ejemplo, a la replica de las cuevas de Ekain. Conocemos la trayectoria del Museo Balenciaga que entran perfectamente en el estandar que anunciaba unas líneas más arriba. El Museo Gughengeim de Bilbao tendría, asimismo, miles de letras para desarrollar esa misma crítica.

La autogestión es el problema. La línea fuera de los cauces que no producen beneficios (siempre econónicos) es la contraria a la oficial. Por eso, los autogestionarios serán siempre carne de cañón. El sistema no los puede asimilar, por definición. Tanto el hijo de Zeus y Hera, como el tasugo municipal, pondrán toda la carne en el asador para mantener sus principios, los de autoridad.

Principios que, aquí en Bilbao, como en Val Susa, no hacen sino servir para que cuatro vividores se pavoneen de su poder, para que un sistema corrupto lleve a nuestro planeta hacia la destrucción. Y para que, además, con esas palmaditas en sus espaldas, el hijo de Zeus y Hera, el tasugo y tantos otros, tengan la ilusión de su trascendencia vital. Ilusos. La historia ya les está juzgando.

 


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